Los otros (2)

No hubiera debido dejar que ella fuera a Horch, ese horrendo internista (¡el médico de ella!), dijo, porque allí conoció al suizo. No hubiera debido dejar que fuera, dijo hablando de su hermana de cuarenta y seis años, pensé. Aquella mujer de cuarenta y seis años tenía que pedirle permiso para salir, pensé, tenía que darle cuenta de cada una de sus visitas. Al principio él, Wetheimer, había creído que el suizo, al que había juzgado en seguida de hombre despiadadamente calculador, se había casado con ella por su riqueza, pero la verdad era que luego se había revelado que el suizo era mucho más rico todavía que los dos juntos, es decir, inmensamente rico, helvéticamente rico, lo que quiere decir muchas veces más rico que austríacamente rico, según él.

El malogrado, Thomas Bernhard

La historia

Los hechos son juguetes con que se distraen los abogados, son peonzas y aros, siempre girando… Por desgracia, el historiador no puede abandonarse a semejante rotación ociosa.  La historia no es cronología, eso queda para los abogados; tampoco es recuerdo, pues éste pertenece al pueblo.  La historia ni puede aspirar a la veracidad de la cronología ni detentar el poder del recuerdo.  A fin de sobrevivir, quienes se dedican a ella pronto deben aprender las artes del correveidile, del espía y del gracioso de taberna, para que siempre pueda haber más de una línea de comunicación que enlace con un pasado en el que a diario corremos el riesgo de perder para siempre a nuestros antepasados: no una cadena de eslabones individuales, pues un único eslabón roto podría perdernos a todos, sino más bien una gran maraña de cuerdas desordenadas, largas y cortas, débiles y recias, que se pierden en la profundidad mnemónica, y que sólo tienen en común su destino.

Thomas Pynchon, Mason & Dixon, Tusquets, 2000, p. 438

Mirar antes de ver

William Mortensen, Human Relations, 1932

El fotógrafo norteamericano William Mortensen (1897–1965), hablando de su formación, cuenta su viaje a Grecia después de la primera guerra mundial para hacer grabados en la región del Ática.  Para ganarse la vida dibujaba anuncios de coñac con seductoras bailarinas balcánicas de puntillas sobre corchos de botella.  El punto culminante del viaje fue observar la mirada libidinosa con que los marineros miraban las bailarinas de sus pósteres.  Tras un pequeño escándalo debido a que dibujaba a sus estudiantes, como él decía, «al fresco», tuvo que volver a los Estados Unidos.  

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