La historia

Los hechos son juguetes con que se distraen los abogados, son peonzas y aros, siempre girando… Por desgracia, el historiador no puede abandonarse a semejante rotación ociosa.  La historia no es cronología, eso queda para los abogados; tampoco es recuerdo, pues éste pertenece al pueblo.  La historia ni puede aspirar a la veracidad de la cronología ni detentar el poder del recuerdo.  A fin de sobrevivir, quienes se dedican a ella pronto deben aprender las artes del correveidile, del espía y del gracioso de taberna, para que siempre pueda haber más de una línea de comunicación que enlace con un pasado en el que a diario corremos el riesgo de perder para siempre a nuestros antepasados: no una cadena de eslabones individuales, pues un único eslabón roto podría perdernos a todos, sino más bien una gran maraña de cuerdas desordenadas, largas y cortas, débiles y recias, que se pierden en la profundidad mnemónica, y que sólo tienen en común su destino.

Thomas Pynchon, Mason & Dixon, Tusquets, 2000, p. 438

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