El enigma

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De ahí empezó mi trabajo, que después ha evolucionado en diversas líneas y el recorrido ha sido muy simple. Principalmente se ha desarrollado en exposiciones, colaboraciones en investigaciones sobre el territorio, sobre el paisaje en relación al entorno. Era una investigación organizada, en aquel periodo muy común, que muchos definían como “fotografía de autor”. El término puede ser expresivo, subraya el hecho de que el fotógrafo actúa como una persona portadora de su competencia, de su profesionalidad y de un bagaje cultural suficientemente rico para poder dar la respuesta necesaria, en términos de imagen, respecto al mundo exterior. Pero significa también otra cosa, algo extremadamente negativo y peligroso: “fotografía de autor” significaba que frente al mundo, a la realidad – retrato, naturaleza muerta, cualquier objeto o paisaje que se presente ante los ojos – el fotógrafo se dispone de una forma altamente codificada. Tenía una especie de marca personal, un modo de ver que fijaba sobre el mundo externo transformándolo y reconduciéndolo al interior de sus propias coordenadas estéticas.

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Puesta de sol, no vengas pronto

Daido Moriyama, Terayama, MATCH and Co. Ltd., 2015

Daido Moriyama, Shuji Terayama, Terayama, MATCH and Company Co. Ltd., Tokio, Japón, 2015

[N. del T.: Lo que sigue es una traducción así de aquella manera de una de las historias escritas por Shuji Terayama incluidas en el libro. Dado que he traducido del inglés una historia originalmente en japonés, cualquier parecido con la realidad…]

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La continuidad de la acción

 

En cualquier caso, la mayor floritura de la secuencia es una que involucra la banda sonora. La música se corta y Godard dice, en voz en over: “Ahora es el momento de abrir un segundo paréntesis y describir las emociones de los personajes”. Se corta tres veces más y ésto es lo que Godard dice de cada uno de los personajes. Primero, el de Brasseur: “Arthur [Brasseur] mira sin parar sus pies pero piensa en la boca de Odile, en sus besos románticos”. Después, el del Karina: “Odile se pregunta si los dos chicos se habrán fijado en sus dos pechos, que se mueven con cada paso bajo su jersey.” Finalmente el de Frey: “Franz está pensando en todo y en nada. Él no sabe si es el mundo que se está convirtiendo en sueño o el sueño, en mundo”. Y eso es lo que diferencia esta secuencia notable de sus imitaciones y sus afluentes, sean escenas de Quentin Tarantino o de Hal Hartley o esta misma, de una película que nunca he visto: “The Go-Getter,” de Martin Hynes.

Es más, diferencia la escena de tantas otras escenas en tantas otras películas en las que tantos directores están tan preocupados por mostrar las emociones de sus personajes únicamente a través de la acción. El armazón meticulosamente naturalista de la mayoría de las películas de la mayoría de los directores queda obsoleto de antemano gracias a esta pequeña escena. Los directores que no quieren romper la continuidad sacrosanta de la acción se obligan a sí mismos a revelar la naturaleza de los personajes a través de la acción—y pocas cosas son tan cansinas en una película como aquellas escenas en las que una acción supuestamente muestra la naturaleza de un personaje. Es por eso que muchas películas—y muchas aclamadas erroneamente—dan la sensación de haber sido construidas como ilustraciones de elementos de guión, conexiones entre puntos puestos en el sitio exacto para producir un retrato particular. El ejemplo de Godard es tanto una lección de sustancia como de estilo—de composición a través de la fragmentación, de expresión a través de la sencillez y de la audacia, del impulso artístico combinado con la necesidad como medio para una innovación duradera. Sea lo que sea el cine experimental, esta secuencia lo es—es un experimento cuyos descubrimientos todavía han de ser asimilados totalmente por los cineastas, casi medio siglo después.

—Richard Brody
Entre bastidores en una escena icónica de Godard
The New Yorker, 4 de Abril de 2013