Los otros (3)

Me escuchó mi amo con vivas muestras de desasosiego en el rostro, pues el dudar y el no creer son tan poco conocidos en aquel país que los habitantes no encuentran palabras para proceder en tales circunstancias. Y recuerdo que en mis frecuentes conversaciones con mi amo sobre la naturaleza humana en otras partes del mundo, cuando se presentaba la ocasión de hablar sobre la mentira y la impostura, sucedía que se le hacía muy difícil comprender lo que quería decirle, aunque por otra parte su capacidad de juicio era de lo más penetrante. Pues razonaba así:

Leer másLos otros (3)

Los otros (2)

No hubiera debido dejar que ella fuera a Horch, ese horrendo internista (¡el médico de ella!), dijo, porque allí conoció al suizo. No hubiera debido dejar que fuera, dijo hablando de su hermana de cuarenta y seis años, pensé. Aquella mujer de cuarenta y seis años tenía que pedirle permiso para salir, pensé, tenía que darle cuenta de cada una de sus visitas. Al principio él, Wetheimer, había creído que el suizo, al que había juzgado en seguida de hombre despiadadamente calculador, se había casado con ella por su riqueza, pero la verdad era que luego se había revelado que el suizo era mucho más rico todavía que los dos juntos, es decir, inmensamente rico, helvéticamente rico, lo que quiere decir muchas veces más rico que austríacamente rico, según él.

El malogrado, Thomas Bernhard

La historia

Los hechos son juguetes con que se distraen los abogados, son peonzas y aros, siempre girando… Por desgracia, el historiador no puede abandonarse a semejante rotación ociosa.  La historia no es cronología, eso queda para los abogados; tampoco es recuerdo, pues éste pertenece al pueblo.  La historia ni puede aspirar a la veracidad de la cronología ni detentar el poder del recuerdo.  A fin de sobrevivir, quienes se dedican a ella pronto deben aprender las artes del correveidile, del espía y del gracioso de taberna, para que siempre pueda haber más de una línea de comunicación que enlace con un pasado en el que a diario corremos el riesgo de perder para siempre a nuestros antepasados: no una cadena de eslabones individuales, pues un único eslabón roto podría perdernos a todos, sino más bien una gran maraña de cuerdas desordenadas, largas y cortas, débiles y recias, que se pierden en la profundidad mnemónica, y que sólo tienen en común su destino.

Thomas Pynchon, Mason & Dixon, Tusquets, 2000, p. 438

Mirar antes de ver

William Mortensen, Human Relations, 1932

El fotógrafo norteamericano William Mortensen (1897–1965), hablando de su formación, cuenta su viaje a Grecia después de la primera guerra mundial para hacer grabados en la región del Ática.  Para ganarse la vida dibujaba anuncios de coñac con seductoras bailarinas balcánicas de puntillas sobre corchos de botella.  El punto culminante del viaje fue observar la mirada libidinosa con que los marineros miraban las bailarinas de sus pósteres.  Tras un pequeño escándalo debido a que dibujaba a sus estudiantes, como él decía, “al fresco”, tuvo que volver a los Estados Unidos.  

Leer másMirar antes de ver

Álgebra superior de las metáforas

Como acabamos de sugerir, la agresividad retórica de los manifiestos vanguardistas podría explicarse de este modo: cuando uno está convencido de estar fundando un arte del mismo modo que un científico funda una ciencia, es decir, sobre principios objetivos (por ejemplo, si las tesis, digamos, del cubismo, son comparables a las leyes de la aritmética o a la ley de la gravedad), tiene que considerar a todos aquellos que no respetan tales principios como ingnorantes o como farsantes.

Leer másÁlgebra superior de las metáforas

Guía concisa

La guía concisa para viajeros

  1. Para recorrer largas distancias es imprescindible viajar.
  2. Los destinos son lugares ideales a los que dirigirse.
  3. Cuando llegues allí el extranjero ya se habrá ido.
  4. Para evitar el jet lag viaja el día antes.
  5. Si atraviesas el ecuador vuelve y discúlpate.
  6. Si encuentras un explorador estás perdido.

Traducido de aquella manera de The State of Poetry, Roger McGough

La luz eléctrica

De suerte que, tal y como vengo diciendo, tal vez la luz eléctrica sólo fuera inventada, a diferencia de los fuegos con que antiguamente se buscaba repeler a las fieras y quizás también a los fantasmas, para atraerlos y hacerlos proliferar en horrible turba multa, como polillas achicharrándose en una de esas parrillas azuladas que usan en los hoteles de la costa, o como pollos bajo los focos en uno de esos espeluznantes gallineros modernos. Al igual que el Diablo, su nombre es Legión…

Leer másLa luz eléctrica