Un informe científico

Maxime Du Camp, Coloso occidental, templo mayor, Abu Simbel, 1850

¿Qué pasó con las imágenes de Du Camp?  Las depositó en el ministerio, pero no escribió un informe sobre el trabajo.  Consignó las imágenes y ya.  Se limitó a escribir un título sobre la carpeta que contenía las fotografías: Estado actual de los monumentos antiguos de Egipto y la Nubia inferior.  Du Camp probablemente pensaba que ninguna descripción habría podido transmitir más información que la que mostraban sus calotipos.  Suponiendo que reflejaran la verdad y no su propio punto de vista.  Sin embargo, los vestigios de la antigüedad faraónica, en sus imágenes, se convierten en una visión no objetiva: la colección se presenta como un reportaje de lo que Du Camp había visto, no de lo que era.  Las fotografías se habían transformado, sin que Du Camp se diese cuenta, en su diario personal, en contradicción total con todo lo que las diferentes comisiones antes de su partida le habían pedido que hiciera.

Es más, muy probablemente, Du Camp no escribe el informe científico porque se sentía más literato que explorador.  Había querido viajar a Egipto con la excusa de fotografiar, pero su objetivo último debía ser otro, el de transformar sus sensaciones en literatura.  La exploración documental por medio de la cámara era la excusa que escondía su auténtica pulsión, que era artística y no técnica.  Había mantenido la fidelidad, al menos en apariencia, a su compromiso, pero no habría podido escribir un informe académico.   Las fotografías serían suficientes.

En lugar de un texto orgánico relacionado con las imágenes, elige la forma para la que se sentía más dotado.  Se dedicó de hecho, apenas regresado a Francia, a la redacción de Le Nil, un ensayo con pretensiones fuertemente literarias.  Esta obra no sería para nada un posible desarrollo de la introducción que faltaba a las fotografías.  El texto pertenece a la categoría de los relatos típicos de los diarios de viaje, en los cuales el autor se toma alegres libertades, donde se usan a placer citas y disgresiones.  Todo lo contrario de lo que se podrían esperar los funcionarios del ministerio.

La obra en su conjunto resultó demasiado superficial, incluso desde el punto de vista literario.  Aparece por capítulos en la Revue de Paris a partir del 1 de octubre de 1853.  Y a continuación, reunida en un volumen del que se publican cinco ediciones. Después de la lectura de la primera entrega el juicio de Flaubert, confiado en una carta del 7 de octubre de 1853 a Louise Colet, fue muy duro: «El amigo Max ha comenzado a publicar su ensayo sobre Egipto.  Es la curiosidad de la nada.  Como fondo, como hechos, no tiene nada.  Los detalles que ha visto y las formas más particulares de la naturaleza las ha olvidado…».

Ni Flaubert, ni el propio Du Camp obstinado en escribir, se habían dado cuenta de que el «jeune Maxim» — como le llamaba Flaubert, por el modesto valor de su testimonio narrado– había escrito su verdadero texto no con la pluma, sino con la máquina fotográfica.

[…]

Las fotografías de Du Camp no documentan en un sentido estricto del término el antiguo Egipto, como él mismo había pretendido hacer, sino que recuerdan su aura autónomamente, despiertan los grandes silencios que van más allá del tiempo y trasladan los vestigios a la dimensión del espejismo.  En aquel momento, como ocurriría más adelante, no eran todavía un detalle difuso en la memoria.  Los grandes restos egipcios afloran de los calotipos de Du Camp con su abstracta sencillez.  No cuentan una historia que entonces se conocía sólo a fragmentos.  Se presentan en un vacío ideal, como si pertenecieran a otra dimensión y no existieran en realidad.  Son el fantasma de una narración autónoma.  Du Camp buscaba una cosa, mientras que el aura de la fotografía le proponía otra: no documentó las antiguedades, sino que capturó el silencio que nos separa de ellas.

— Giuseppe Marcenaro, Fotografia come letteratura, Bruno Mondadori, 2004.

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