La vuelta a casa

Las fotografías de Eggleston parece que las hubiera tomado un marciano que hubiera perdido el billete de vuelta a casa y que hubiera acabado trabajando en una armería en un pequeño pueblo cerca de Memphis.  Durante los fines de semana busca el billete perdido — debe andar por alguna parte — con una azarosa intensidad que sobrepasa los métodos de investigación establecidos. Quizás esté debajo de la cama junto a ese montón de zapatos con los tacones gastados; o en el pavo del día de acción de gracias que parece, de alguna forma, estar haciéndose un 69 a sí mismo; en el patio polvoriento del Roy’s Motel; en las orejas llenas de púas de un cactus con forma de Minnie Mouse; en una maraña microscópica de hierba y maleza; bajo el asiento de un triciclo de niño que nos acecha — de hecho, podría estar en cualquier parte.  Durante su búsqueda entrevista a gente extraña — extraña en el sentido de Arbus — que, aunque amable, le miran con recelo.  Sospecha que alguno de ellos (especialmente el tipo sentado en una cama en lo que parece ser el Motel Solaris) quizás alguna vez hubieran estado en alguna situación similar a la suya pero ya han echado raíces.  No así el tío desnudo de pie en la niebla roja de una habitación pintarrajeada con grafiti: éste va a encontrar lo que busca aunque muera en el intento.  El problema es que no puede recordar qué es lo que busca.  ¿Podría ser una naranja, verdad?

— Geoff Dyer, The Ongoing Moment

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