La luz eléctrica

De suerte que, tal y como vengo diciendo, tal vez la luz eléctrica sólo fuera inventada, a diferencia de los fuegos con que antiguamente se buscaba repeler a las fieras y quizás también a los fantasmas, para atraerlos y hacerlos proliferar en horrible turba multa, como polillas achicharrándose en una de esas parrillas azuladas que usan en los hoteles de la costa, o como pollos bajo los focos en uno de esos espeluznantes gallineros modernos. Al igual que el Diablo, su nombre es Legión… Una legión de moscas en el caso de Belzebú, que pasaba por ser su señor. No me cabe duda de ello al verlas posarse sobre la pantalla luminosa del televisor…. su señor las reclama. Señor de la basura lo llamaban también… Una mosca aterriza en la nariz del fantasma que recita las noticias, ¿o es acaso en el objetivo de la cámara? Moscas por todas partes. O incluso: toda clase de seres alados… Las luces que alumbran la noche parecen estar hechas de ellos. Tantos, que la imaginación romántica se ha esforzado en distinguir entre malignos y benignos. Y así, mientras los hijos soñaban en sus camas con volar en compañía de Campanilla hasta El País de Nunca Jamás, los padres asistían a los voluptuosos revoloteos de las bailarinas en los escenarios de los teatros… Extraño nombre éste del país de Peter Pan: «Nunca Jamás», probable y alarmantemente el mismo que anuncia el cuervo de E.A. Poe una «lúgubre medianoche»… Never more… El mismo país y la misma hora: el mismo batir de alas. «Campanilla» y el cuervo son indistintamente los alados mensajeros de un país ambiguo y ubicuo, fantasmagórico. ¿Cuál de estos dos ángeles es el malo y cuál es el bueno? ¿Acaso podrían ser lo uno y lo otro viniendo del mismo país? Un «país de fantasía», como se les dice a los niños para ocultarles que propiamente es «de fantasmas»; para irles poco a poco acostumbrando a la fantasmagorización de «la vida moderna» y preparando así para esa «lúgubre medianoche» en la que ya nunca más serán sino fantasmas ellos mismos, pues nunca dejaron de serlo; de la cuna a la sepultura, y poco importa si tan malvados como el Capitán Garfio o buenazos en el fondo, como su acólito Smith: fantasmas inevitablemente lúgubres, que todos lo son un poco — y en ésto algo de razón llevaba Platón — por no ser corpóreos ni incorpóreos: criaturas extenuadas como el Nosferatu de Murnau, tristes por lo general, y en el mejor de los casos, burlonas más que joviales.

Distracciones Fúnebres, Ángel González García

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