Vanguardia y destrucción

Un buen ejemplo de la actitud anti-nostálgica de Malevich se puede encontrar en su breve pero importante texto “Sobre el museo”, de 1919. En ese momento, el nuevo gobierno soviético temía que los antiguos museos rusos y las colecciones de arte fueran destruidos por la guerra civil y el colapso general de las instituciones y la economía. El partido comunista respondió tratando de asegurar y proteger estas colecciones. En este texto, Malevich protesta contra esta política pro-museo que viene del poder soviético y le pide al Estado que no intervenga a favor de las viejas colecciones de arte porque su destrucción podría abrir el camino hacia un arte verdadero y vital. Escribió puntualmente:

“La vida sabe qué está haciendo y si se esfuerza por destruir, uno no debe intervenir ya que al entorpecer su acción estamos bloqueando el camino hacia una nueva concepción vital que surge en nosotros. Al quemar un cadáver se obtiene un gramo de cenizas, por lo tanto miles de cementerios podrían ubicarse simplemente en un estante. Podemos hacerle una concesión a los conservadores y ofrecerles que, ya que están muertos, sean ellos los que quemen todas las décadas pasadas e instalen una farmacia.”

Más adelante, da un ejemplo concreto de lo que propone:

“El objetivo (de tal farmacia) sería el mismo, incluso. Si la gente analiza el polvo de Rubens y su arte: una masa de ideas surgirá entre la gente y será más vital que una verdadera representación (además de que ocupará menos lugar)”.

Así, Malevich propone no atesorar, no guardar las cosas que tienen que desaparecer, sino dejarlas ir sin sentimentalismo ni remordimiento. Dejemos que los muertos entierren a sus muertos. Esta aceptación radical del trabajo destructor del tiempo a primera vista parece nihilista. Malevich mismo describe su arte como basado en la nada.

Pero, de hecho, en el corazón de su actitud antisentimental contra el arte del pasado reside la fe en el carácter indestructible del arte. La vanguardia de la primera ola dejó que las cosas -incluso los objetos estéticos- perecieran porque creía que algo siempre iba a perdurar. Y fue en busca de las cosas perdurables —más allá de cualquier intento humano de conservación.

La. vanguardia está asociada habitualmente con la noción de progreso, especialmente con el progreso tecnológico. Sin embargo, la vanguardia formuló la siguiente pregunta: ¿cómo podía continuar el arte bajo las condiciones de permanente destrucción de la tradición cultural y del mundo familiar que caracterizan a la época moderna, signada por revoluciones sociales, tecnológicas y políticas? O dicho de otro modo, cómo resistir a la destrucción del progreso, cómo producir un arte que escapase al cambio permanente, un arte que sea a-temporal, trans-histórico. La vanguardia no quería crear el arte del futuro, quería crear arte trans-temporal para todas las épocas. Una y otra vez uno escucha y lee que necesitamos del cambio, que nuestro objetivo -y también nuestro objetivo en términos estéticos- debería ser cambiar el status quo. Pero el cambio es nuestro status quo. El cambio permanente es nuestra única realidad. Vivimos en la prisión del cambio constante. La verdadera fe en la revolución presupone paradójicamente -o tal vez no tan paradójicamente- la convicción de que la revolución no tiene la capacidad de destrucción total, de que algo siempre sobrevive incluso a la catástrofe histórica más radical. Solo esta convicción hace posible la aceptación sin reservas de la revolución que fue tan característica de la vanguardia rusa.

En sus textos, Malevich se refiere habitualmente al materialismo como horizonte último de su reflexión y producción artística. El materialismo significa, para él, la imposibilidad de estabilizar cualquier imagen a través del cambio histórico. Una y otra vez Malevich  sostiene que no hay espacio aislado, seguro, metafísico o espiritual que pueda servir como depósito de imágenes inmunizadas contra las fuerzas destructivas que operan en el mundo material. El destino del arte no puede ser diferente del destino de las demás cosas. Su realidad común es la desfiguración, disolución y desaparición en el flujo de fuerzas y procesos materiales incontrolables.

— Boris Groys
Volverse público. Las transformaciones del arte en el ágora contemporánea, Caja Negra Editora, 2014

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