Miedo al vacío

¿Es realizable mi desafío?  No hay nada fotográfico en todo esto, ¡quizás esté en un error!

¿Cómo, con una cámara fotográfica, avanzar sobre el tema de la errancia?…  El acto fotográfico es un momento tan corto, ¿cómo dotarlo de un rastro, de un cuerpo, sobretodo, de una duración?  Debo encontrar lo que los alemanes llaman Einstellung, es decir, cómo situarse en relación a lo que se muestra, y a qué distancia.

Lo real es tan efímero, tan frágil, tan fácil a veces de abordar que buscamos siempre un aval.  Nos refugiamos detrás de las palabras información o documentación.  Todo para poder confesar mejor que nos da placer fotografiar.

No siempre me ha gustado ser reportero, he dado un largo rodeo, ¿tendré suficiente pasado para fotografiar lugares desconocidos?…

La fotografía no es mi memoria.

Me niego a recorrer el mundo para satisfacer esta obsesión, casi neurótica, que tenemos los fotógrafos de fijar, captar la historia de los seres vivos, y llenar sistemáticamente nuestras fotografías de figurantes, de habitantes de la tierra, como si estuviéramos encargados de tranquilizar al mundo de que está bien poblado de individuos.

¿De dónde viene este miedo al vacío?

Yo quiero enfrentarme a las luces, a los azares, desplegar mi curiosidad, abrirme, romper mis ideas recibidas, exorcizar este miedo al mundo.

¿Acaso tengo elección?  ¡Decido que sí!

[…]

Un día recibo por fax un texto que va a acabar de tranquilizarme.  Está firmado por el señor Alexandre Laumonier: Errancia o el pensamiento del medio:

«La errancia, término a la vez explícito y vago, está asociado habitualmente al movimiento, y especialmente a caminar, a la idea de extravío, a la pérdida de uno mismo.  Por tanto, el problema principal de la errancia no es otro que el del lugar aceptable»

Era la primera vez que veía esta definición escrita.  Eran por fin las palabras que buscaba.

«El errante en busca del lugar aceptable se sitúa en un espacio muy especial, el espacio intermedio.  Al espacio intermedio le corresponde, de hecho, un tiempo intermedio, una temporalidad que podríamos calificar de flotante.  Este tiempo flotante es el tiempo de la mirada sobre la historia, donde el errante se pregunta sobre el pasado al mismo tiempo que reflexiona sobre su futuro próximo.

El errante se borra, se vuelve silencioso, se libera a la experiencia del mundo, y es por esto que no puede haber errancia inmóvil.

Los lugares parecen asemejarse cada vez más, todo está por todas partes y al mismo tiempo, la singularidad se borra para beneficio de una globalización, no ya de los lugares, sino de todos los lugares.

La errancia es ciertamente la historia de una totalidad buscada.»

El texto continúa:

«Porque la errancia no es ni el viaje ni el paseo, etc. sino, ¿qué hago ahí?»

Esta cuestión es esencial.

Como fotógrafo, he viajado mucho tiempo con la idea de un viaje útil, del fotoperiodismo con sus obligaciones.  He aprendido mucho, no reniego de nada.  He necesitado una lucha para salir de este tipo de fotografía.  Yo era capaz de fotografiar cosas terribles, pero tenía miedo de fotografiar a la gente en la calle, de acercarme a ellos, a gente sin historia.  No me atrevía, me sentía torpe, no tenía el reflejo, ni siquiera me venía la idea de fotografiar eso, sencillamente.  Para la errancia sé que debo afrontar pequeñas decepciones, sobretodo después de la sensación desagradable de haber perdido una foto, hace falta pasar rápido a otra cosa y olvidar el fracaso.  También hay días sin sol, días grises, y también en esos momentos será necesario sonreír y amar la paciencia.  Y precisamente la errancia es todo lo contrario de las proezas de encuadre o de la virtuosidad del instante, es una visión más cotidiana de los momentos a fotografiar, más banal, y, por qué no, con sus torpezas y sus días sin suerte.  Seguramente así me sentiré mejor.

– Raymond Depardon, Errance, Éditions du Seuil, 2000

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