Encerrar el tiempo

[…]  No es sólo que la foto es capaz de contener el tiempo, también sugiere que los lugares tienen su propia capacidad innata para recordar.  Connie, en El amante de Lady Chatterley de D. H. Lawrence, lo percibe en un paseo a través de la casa ancestral de su marido.  «El lugar recordaba,’ exclama, ‘todavía recordaba.’

Evans creía que esos recuerdos se podían extraer y destilar con la cámara.  Podría mostrar los recuerdos en su proceso de formación, y así, convertirlos en parte de nuestros recuerdos.  De esta forma percibimos no sólo el paso cronológico de los años sino el paso psicológico del tiempo.  Esto no da la sensación de ser una proyección psicológica del espectador sino la receptividad a algo reside en el propio lugar.  El pasaje de Whitman usado como epígrafe del catálogo de la retrospectiva de 1971 no podía ser más adecuado:

No dudo que los interiores tienen sus interiores, y los exteriores tienen sus exteriores, y que la vista tiene otra vista…

Percibimos esto de forma más intensa en la foto de Evans de 1935 The Breakfast Room of Belle Grove Plantation, Louisiana.  La habitación está bastante vacía, como si la foto hubiera sido tomada con una exposición tan larga que todo excepto el propio edificio — no solo la gente, sino las sillas, los muebles, las alfombras — haya desaparecido.  Lo que se decía de Sugimoto vale para Evans: el tiempo pasa a través de su cámara.  Por eso es casi inconcebible que una foto así pudiera ser tomada con una cámara digital.  La casa tardó mucho tiempo en llegar a este estado y, tanto como sea posible, una fotografía de ella debería compartir un proceso y una duración similar.  Mirar la fotografía es compartir el punto de vista del fotógrafo que la vio aparecer gradualmente en la bandeja del revelador.  Tanto consigue Evans esta identificación y unión entre sujeto e imagen que los desperfectos de la habitación — la mancha de humedad encima de la puerta — parecen, a primera vista, desperfectos de la copia.  (No es la primera ocasión que ‘DAMAGE’ (desperfectos) atrae la atención de Evans; esta vez no lo deletrea).  La mancha y otras humedades en el techo marcan los puntos por los que el exterior empieza a entrar al interior.  También está entrando por la puerta: una T de luz brillante presiona sobre las contraventanas mientras Evans oprime el disparador.  Es sólo una cuestión de tiempo que el interior se convierta en exterior, que las cosas se den la vuelta, se inviertan.  El techo será lo primero en desaparecer, seguido, eventualmente, por las puertas, después las paredes.  Las columnas corintias y las pilastras — que uno asocia a las ruinas al aire libre de la antigüedad clásica — hacen que la habitación parezca predispuesta a dicha eventualidad.  Tal y como está, sin embargo, la habitación parece que se aguanta todavía: para encerrar el tiempo entre sus paredes (como Evans lo encierra en el marco de la imagen) y mantenerlo a raya.

Evans también tomó un gran número de fotos exteriores de la Belle Grove.  Mi favorita de entre estas vistas de plantaciones, sin embargo, es de la Woodlawn Plantation a unas millas de distancia.

En el curso de este libro me han llegado, progresivamente, a gustar fotos que parece que fueron tomadas por otro — el Shahn de una espalda tipo ‘Lange’, digamos.  Mis fotos favoritas de Brassaï son las que tomó de día, especialmente las que parecen haber sido sacadas por Lartigue.  Es posible que algunas de mis fotos favoritas de Shore fueran tomadas por Eggleston, y vice versa.  Quizás no es entonces una sorpresa que mi foto favorita de Walker Evans (WE) fuera tomada por Edward Weston (EW).

— Geoff Dyer, The Ongoing Moment

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