Trofeos y recuerdos

Tres meses después de su boda se mató a sí mismo cuando una enredadera le echó una zancadilla. Mientras yacía agonizante bajo un árbol, uno de sus compañeros le preguntó si quería dejar algún mensaje para su esposa.
–Sí– dijo Hubert.
–Díle que me haga disecar para la pared de la biblioteca, entre el anta macho y el carnero.
Helen Van Deventer clausuró la sala de los trofeos. Desde entonces la biblioteca se consagró al espíritu de Hubert. Las cortinas permanecieron corridas. Cualquiera que sintiese la necesidad de hablar en la sala lo hacía suavemente. Helen no lloró, pues no estaba en su naturaleza llorar, pero sus ojos se agrandaron, y miraba mucho fijamente, con la mirada vacía del que viaja por otros tiempos.

Las praderas del cielo, John Steinbeck

Editado por Ediciones del viento, La Coruña 2007

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