Entre las juntas hay una ciudad, ¡mira!

Rudolf Burkhardt y Edwin Denby; New York, N. Why? Editado por Nazraeli Press y el Metropolitan Museum of Art, Estados Unidos

Había un tipo destinado allí donde nadie quería ir. cada vez más hacia Oriente. cada vez más cerca del horizonte. Miraba esperando. Esperando un ataque que nunca llegaba. Agotando sus ojos hacia la salida del sol y fantaseando hacia su caida con lo que le día podría haber dado de sí. El enemigo tenía nombre: los tártaros. Nombre que realmente ya no designaba nada. Como uno de esos atributos de Calvino. Un mundo con más palabras que objetos a los que aplicarlos.

En estas otros dos tipos han aterrizado en Nueva York. Se han conocido en el año 1934 en Suiza. Concretamente en Basilea. Uno hace fotografías; el otro necesitaba una para que luciese en su pasaporte. Desde ese momento recorren el mundo juntos. Y ya han pasado unos cuantos años. El fotógrafo es familia lejana del historiador que escribiese aquel clásico La cultura del Renacimiento en Italia. En un curioso fenómeno de ósmosis algo de las leyes compositivas clásicas quedan impregnadas en su retina.


Un día un gato se cuela por la ventana del apartamento que alquilan en Nueva York. Por la ventana también se cuela Willem De Kooning. Un ruido en la azotea les lleva a descubrir a Aaron Copland, que en realidad estaba actuando en una película que la pareja rodaba en su casa. También les mira Joseph Cotten. Y al otro lado de la ventana y abajo, mucho más abajo de la azotea, una ciudad. Estamos en los años 30, en plena depresión económica y allí están trabajando miradas tan concienzudas como la de Walker Evans, Lisette Model, Helen Levitt o Berenice Abbott. Tanta “doble t” junta ya puede levantar sospechas. De hecho Evans le dice que sus fotografías son “preciosas”. Viniendo de Evans y dando por supuesto que esta palabra no debía figurar en su léxico uno puede esperar lo peor.

Pero qué hacían estos dos tipos en Nueva York. Uno ya sabemos, fotografías. Su nombre es Rudolf Burckhardt. El otro escribe poesía y hace guiones para películas. Su nombre Edwin Denby. Los dos siguen sorprendidos por la Ciudad. Con mayúsculas. Como para el campesino de París de Louis Aragon la ciudad no tiene un guión que contenga historias humanas; ella es el guión. Y la bestia: Una ciudad. Casas, pavimentos, carteles, coches… y finalmente viandantes. El elemento fugaz que pone un poco de coherencia en las tramas urbanas dándolas algo de sentido. Gentes que van de un lado a otro dejando delante, detrás y a su alredeor una maraña de significados con los que a veces se funden para luego volver a tomar distancia. Un continuo juego de relaciones, de tamaños, de significados, de miradas y de contactos. Todavía no se puede identificar nada. Hay que analizarlo todo. Cada cosa es una pista. Así que con sus herramientas de científicos locos bajan a la ciudad cada día a mirar. No pueden hacer otra cosa.


Burckhardt se reconoce tan apabullado que no puede empezar a tomar fotografías hasta algún tiempo después. Todo está tan lleno que no hay manera de empezar por ningún sitio. Y la diferencia de escala sobrecoge. Dos años le lleva poder intuir qué puede fotografiar. Y comienza a hacerlo. A la aparatosa manera que podría haberlo hecho un urbanista renacentista (y quizá de ahí el recelo de Evans: demasiada composición). Lo primero es la densidad de los edificios; lo que constituye, en una secuencia lógica el primer significado de una ciudad. Su sustancia primigenia. Hasta que un día, mientras está fotografiando el preciso punto de encuentro entre un edificio y el pavimento, ese lugar en el que lo público y lo privado se contagian, un hombre (que posiblemente quisiese buscar respuesta a la pregunta que en definitiva todos nos hacemos al ver por vez primera las fotografías de Burckhardt) le dice: ¿Ocurre algo con este edificio? (una manera de buscar la parte práctica del oficio que por otra parte es el que ya encontramos en el resto de colegas fotógrafos que comparten ciudad: se fotografía para algo). ¿Es posible que su volumen haya sobrepasado los límites y haya invadido la acera?. La siguiente pregunta, lógica sería la de: ¿usted está fotografiando este hecho para poder denunciarlo, no es así? Afortunademente Burckhardt no responde, o al menos no la hace de manera verbal. Lo hace con este autodenominado “scrapbook”. Trabajo que posiblemente fuese realizado para su uso personal y para ser visto por unos pocos amigos más. El caso es que en este límite va a encontrar los demás. Energías dificilmente fotografiables pero evidentes gracias a los poemas de Denby que estructurarán todo el trabajo. Límites del mundo, de los significados y de las presencias. Pero también el límite de lo fotográfico. No se puede contar lo que está más allá del visor y sin embargo se puede. Como Galileo (“E pur si muove”: un susurro para el que quiera oirlo. La voz alta para el inquisidor): creyendo en la capacidad de las fotografías para decir siempre más de lo que muestran.
Un libro que muestra límites que se apoyan entre sí. Como el escultor que piensa que lo importante de su escultura no sucede hacia dentro sino justo en el borde. Donde la materia acaba y empieza el mundo. O como el banquero, anécdota rescatada del The New Yorker que Denby incluye entre las páginas del libro: el presidente del banco que vista una de las sucursales. «Después de un día impecable los empleados respiran aliviados. Hasta que llega una nota firmada y sellada por el propio presidente. Sudor frío generalizado. El texto de la nota agradece la visita pero, añade, debe hacer una objeción. Las notas que se cuelguen en la sala de las taquillas del vestuario masculino, deben estar clavadas con cuatro chinchetas en vez de con una, como están ahora. Eso, da una mayor imagen de solidez».


La organización del libro es sencilla. Seis sonetos de Denby articulan sesenta y siete fotografías divididas en tres partes sin título explícito, aunque los poemas promueven una agrupación temática.


La fotografía que aparece encima de la palabra “End” muestra una reproducción de un cartel de Lucky Strike. Es como una condensación del tema que se ha manejado durante todo el libro. A la derecha (ocupando poco más de una sexta parte de la imagen) se adivinan estantes con lo que parecen cajas de puros. El espacio central de la fotografía está ocupado por un individuo que sujeta una enorme hoja de tabaco. Parece preguntar algo dirigiéndose a nadie o a todos. ¿Has probado un Lucky últimamente? Con suerte yo también podría encontrar la ventana por la que ese tipo se ha colado ahí.

New York, N. Why?

editado por Nazraeli Press y el Metropolitan Museum of Art, Estados Unidos; 1ª edición, 2008; 325×285 mm; 64 páginas; encuadernación en cartoné forrado con papel impreso con fotografía con un cromo pegado sobre golpe en seco; impreso en China

ISBN 978-1-59005-229-7

 

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